23-¿Cómo el sonido hace espacio para que otras cosas lleguen?

La manera en que el sonido nos implica en la experiencia del mundo se ha intensificado en el curso del último siglo de manera exponencial. Podemos ver cómo artistas e investigadores de todos los ámbitos son absorbidos en las grandes promesas que el medio sonoro detenta en el seno de la cultura visual en la que vivimos prisioneros. Al portar en sus metamórficos flujos diversas iconicidades y signos, se llega a pensar que el sonido —y sus consiguientes organizaciones musicales—, pueden desencadenar, en toda su dimensión caósmica, las potencias de lo sensible como nunca antes. Incluso hay quienes consideramos la música y el sonido como fuerzas activas en la composición del mundo, agentes irremplazables en la conformación de la realidad; las formas más complejas y elevadas de la materia.

La música, por un lado, no sólo ha sido un medio de disfrute subjetivo y temporal compartido, sino que ha pasado a representar lo que se denomina como audiotopía —un espacio-tiempo hecho de ritmos y estribillos que ponen en marcha relaciones entre cuerpos y cosas. La música crea un orden, define un territorio, instituye una cultura, identifica o disgrega. Así como cohesiona y crea lo familiar, incorpora también lo extraño. Produce diferencias, des-identifica. Por su parte, el sonido ha introducido en el espacio del pensamiento y de la reflexión artística nuevos sentidos, nuevas tareas para la sensibilidad. Hoy se piensa que el sonido nos brinda una salida de la época de las imágenes del mundo, para reconducirnos  a un mundo dotado de ambigüedad, de latencias, de potencias. De por sí el mundo es ya una imagen. El sonido la dota de vida, la surca, la diluye, la intensifica, la rompe, la destruye: la hace vibrar. Nos dice cosas que no se dejan ver. La música hace que la imagen resuene más allá de la pura visualidad, y junto a ella conforma un lugar habitable dentro del gran desierto de lo real. Un lugar efímero pero consistente en el que nos sostenemos frente a la nada.

Esta lista la pensé como una selección de libros que no solo son valiosos porque dicen algo sobre el sonido o la música, sino esencialmente porque enriquecen nuestra posición de sujetos auditivos. Por medio de la escritura, modifican nuestra forma de escuchar, que no descansa únicamente en la  vivencia de lo sonoro, sino en su reverberación filosófica, poética y política; en la reflexión sobre el efecto de resonancia que puede tener sobre lo que se transmite en el sonido o acerca de eso que trae a la existencia y que puede ser del orden del pasado —la historia—, o del orden estricto del instante —que sabemos, es inagotable.

La escucha se construye y se consolida precisamente por la multiplicidad de sentidos que se invocan y ponen en movimiento por gracia de las artes afinadas de la escritura, toda vez que aceptamos que la música desencadena fuerzas que no son solamente musicales, y que las huellas de su impacto expansivo y fugaz devendrán en una auralidad que remodela los contornos del mundo, ante el azoro callado de nuestra audición. La escritura sobre el sonido o sobre la música pone  en marcha la experiencia de la escucha en toda su amplitud. El texto también  construye  una situación auditiva específica, siempre y cuando creamos que la escucha es un proceder lento de las facultades de concentración y desapego que se dilatan más allá del umbral visivo, en donde el despertar de una atención filosófica detona una especie de reacción en cadena de los sentidos que reordena signos y materias.

Según el filósofo francés Jean-Luc Nancy, en el fenómeno de la escucha se cifra la potencia entera del sentido, es decir, la mecánica ¿timpánica? por la cual la humanidad se procrea y se inaugura en este esfuerzo por dotar de sentido el vacío de la existencia. Que es toda existencia a secas, todo ser solamente ahí, sin mundo, inerte, sin nada. Y es desde el interior de la nada contemporánea en la que vivimos aturdidos, con su exacerbada faz de apariencias cambiantes y de estimulaciones ópticas, que la auralidad nos regresa de nuevo ese poder incalculable que tenemos para regenerar el mundo. Es momento de usarlo.